Si soy yo el héroe de mi propia vida o si otro cualquiera me reemplazará, lo dirán estas páginas”.
De esta manera tan estremecedora (pavorosa inclusive) empieza la novela de Charles Dickens “David Copperfield”.
Puede ser temible que otra persona nos arrebate un puesto de trabajo, puede ocasionarnos un disgusto que le den a otro el papel de protagonista que íbamos a representar en una obra de teatro, y no obstante, ni ese trabajo, ni ese papel somos nosotros, forman parte de nuestro hacer, no de nuestro ser. Tal vez nos cause dolor que no nos tengan en cuenta, pero, salvo que permitamos que ese dolor se apodere de nosotros y tenga otras consecuencias, nuestra naturaleza seguirá intacta.
Sin embargo, que nos reemplacen como héroes de nuestra propia vida (el adjetivo “propia” que emplea Dickens otorga a la frase una hondura que la hace más escalofriante) significa que nos nieguen el derecho a vivir plenamente. Aun peor: significa que otro cualquiera sea lo que a nosotros nos toca ser, lo que merecemos ser.
La clave para evitar dejarnos vivir por otro está en las dos acepciones de la palabra talento: aptitud e inteligencia. La primera porque cada uno tenemos, al menos, un don irrepetible que nos distingue y nos hace únicos. La segunda porque el talento es la inteligencia que necesitamos para poner en valor ese don y hacerlo útil a los demás. El talento, en su segunda acepción, es un compendio de sabiduría, responsabilidad, respeto, honradez, escrupulosidad, inteligencia, sensibilidad, compromiso, iniciativa, optimismo, conciencia social, empatía, bondad, generosidad y amor.
Para que “otro cualquiera” no nos reemplace como héroes de nuestra “propia vida”, necesitamos ejercitar nuestros talentos (aptitudes) y nuestros talento (inteligencia práctica), y, sobre todo, necesitamos amar.
http://es.wikisource.org/wiki/David_Copperfield_-_Primera_Parte_-_Cap%C3%ADtulo_I