Fue un once de febrero cuando me dio
la vida un precioso título: tía.
Mi hermana alumbró, y mi alma concibió
amor efervescente, ancha alegría,
un incesante anhelo de tenerla
en mis brazos, de alcanzar con mi esencia
su esencia toda, infinita, y beberla:
su piel, su corazón, su inteligencia.
Pienso en que ella existe y me alborozo,
y no concibo ya ser yo sin ella,
vivir sin su esplendor de flor de allozo.
Hoy cumple mi niña dieciséis años.
Ni aun mi amor podía idearte tan bella,
adorable mujer de ojos castaños.